¿Quién manda aquí?

A lo largo de la historia, el ser humano ha sentido una necesidad particular de jerarquizar el poder y, sobre todo, inventar las palabras exactas para dejar claro quién manda. Cuando pensamos en quien ocupa el trono o quien lleva la corona (como dignidad real), inmediatamente nos vienen a la cabeza el rey o la reina, el emperador o la emperatriz, el príncipe o la princesa, o simplemente el monarca. Pero si viajamos un poco a través del diccionario y la geografía, el catálogo de soberanos se vuelve mucho más exótico y fascinante.

Desde el zar y la zarina de las frías tierras rusas hasta el rajá indio, pasando por el sultán (o soldán), el jeque y el visir, cada cultura ha acuñado su propia voz para nombrar al potentado de turno, ese dinasta que rige los destinos de su pueblo. En este recorrido oriental y eslavo nos topamos con dignidades menos conocidas, pero igualmente absolutas, como el nizam (antiguo soberano de Haiderabad, en la India), el hospodar, que es el antiguo príncipe soberano de Valaquia y de Moldavia, o el vaivoda, que gobernaba también en Transilvania, además de las ya mencionadas Moldavia y Valaquia.

Si hablamos de poder absoluto, no podemos dejar por fuera al déspota, palabra que califica para mi colección de datos curiosos: hoy usamos esta palabra para señalar a una persona que gobierna sin sujeción a ley alguna, pero en el antiguo Imperio bizantino era un título de honor elevadísimo, reservado a miembros de la familia imperial. Quien ostenta tanto poder suele tener la costumbre de soberanear, un verbo tan preciso para describir la acción de mandar o dominar a modo de soberano, lo que podría aplicar también para los verbos reinar (ejercer en una monarquía la jefatura del Estado), imperar (ejercer dignidad imperial) o simplemente regir, gobernar o mandar.

Si bajamos un peldaño desde la realeza, entramos al terreno del título nobiliario. Aquí reina la jerarquía clásica europea, con sus respectivos femeninos: el duque y la duquesa, el marqués y la marquesa, el conde y la condesa, el vizconde y la vizcondesa, hasta llegar al barón y la baronesa, y al simple señor y señora. Cada titular de estos nombramientos guarda historias de tierras y conquistas. Para darle un toque hispano a este grupo, vale la pena recordar la ricahombría, que era el título que se daba antiguamente a la primera nobleza de España. Y si cruzamos hacia territorios germánicos, nos encontraremos con grandes señores de Alemania con nombres tan sonoros como el margrave o el landgrave, con su margraviato y landgraviato, respectivamente.

Pero el verdadero laberinto de las palabras se encuentra en el tratamiento, esa fórmula de cortesía que exige cada cargo. Al dirigirnos a las altas esferas usamos majestad para los emperadores y reyes, y serenidad para los príncipes. En otros ámbitos diplomáticos, civiles o universitarios, las cortesías se multiplican: a un dignatario le puede corresponder el trato de excelente, o a un rector el de magnífico.

Y para cerrar este viaje por los pasillos del poder, les dejo otro dato curioso sobre los títulos de honor. Antiguamente, se empleaba el término madama como una fórmula de respeto equivalente a señora para mujeres de alta posición. Sin embargo, le aconsejo que si viaja en el tiempo o se topa con alguien de alcurnia en la actualidad, se ahorre la cortesía. Hoy en día, decirle “madama” a una señora probablemente no sea bien recibido, ya que el término se vincula de inmediato a sus dos primeras acepciones en el diccionario: prostituta, o mujer que regenta un prostíbulo. Un tratamiento que, sin duda, ¡le haría perder la cabeza en cualquier corte!


Palabras en Juego les invita a releer…

Títulos reales y nobiliarios

¡Atención, damas y caballeros!

Lady y lunch

Autor: Mikel Anzola

Pesquisidor de datos curiosos, polígloto apasionado de los idiomas, en especial del español, y en los tiempos libres productor de radio y televisión.

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