Cuando salgo a entrenar para mis carreras, muchas veces me descubro pensando en la distancia. El reloj me marca los kilómetros exactos, pero el cuerpo a veces parece tener otra opinión. Todos sabemos que cinco kilómetros en terreno plano y asfaltado jamás se sentirán igual que cinco kilómetros subiendo una montaña con el peso de los obstáculos a cuestas. Esa sensación térmica de la distancia me llevó a reflexionar sobre un concepto lingüístico fascinante que me encanta: las medidas itinerarias.
El encanto de las medidas itinerarias radica en que, aunque hoy nos puedan parecer imprecisas, en la antigüedad eran sumamente lógicas y utilitarias. Su base no era una regla estricta guardada bajo llave, sino el esfuerzo humano y el tiempo. Por ejemplo, una legua es el camino que regularmente se anda en una hora. Partiendo de esa premisa, yo podría afirmar que mi legua es muy distinta a la tuya. Un concepto bastante subjetivo.
Junto a la legua tenemos a su prima, la milla, que nació de los mil pasos romanos (y valga acotar que cada paso romano equivale a cinco pies). Si viajamos por el mapa de la historia y de las palabras, nos toparemos con la parasanga, usada por los antiguos persas y que equivalía aproximadamente a una legua. Por su parte, entre los indios de América del Sur se usaba el topo, una medida itineraria de legua y media de extensión. Y desde el frío ruso nos llega la versta, equivalente a 1067 metros.
Antes mencionamos el pie, en clara referencia a la anatomía, que sobrevive como medida en la actualidad. Y es que, durante siglos, el ser humano fue su propio instrumento de medición. Nuestro esqueleto y extremidades están en el diccionario en forma de medidas: tenemos el dedo, el palmo, el pie y el codo, pues así nacieron muchas de nuestras medidas lineales y de longitud.
Tomemos, por ejemplo, el codo, la medida lineal desde el codo a la extremidad de la mano. El coto, por su parte, es una unidad equivalente a medio palmo. Y ya que lo mencionamos, un palmo (o cuarta) es la distancia que va desde el extremo del pulgar hasta el extremo del meñique con la mano abierta. Esta palabra me remite de inmediato al jeme (esa distancia que va desde el extremo del pulgar hasta el índice bien separados) y a la imponente envergadura (la distancia de los brazos humanos completamente extendidos en cruz).
Además, en nuestra lengua abundan palabras que denotan distancias entre dos puntos sin llegar a ser unidades formales de medición. Algunas huelen a navegación y a grandes periplos, como la travesía (la distancia entre dos puntos de tierra o de mar). Otras resuenan a pura geometría, como la equidistancia y la excentricidad, o nos regalan términos tan peculiares como la batalla, que, lejos de ser un combate, es la distancia entre los ejes de un vehículo.
La próxima vez que usted deba calcular un trecho, ya sea corriendo en la montaña o planificando una ruta, recuerde que medir ha sido siempre un intento humano por comprender el mundo. Y aunque hoy todo lo registre el satélite con precisión milimétrica, siempre habrá poesía en saber que mi legua, dependiendo del terreno, del peso o del día, será muy distinta a la suya.
El equipo de Palabras en Juego les recomienda releer…



























