Compra accidentada

Me dirijo con prisa al supermercado, voy revisando en mi mente el listado de lo que meteré en el carrito: una zandía o sandía grande, un quilogramo o kilogramo de bacallao o bacalao, un ramito de albaca o albahaca, un bróculi o brócoli mediano y tres quilos o kilos de azanoria o zanahoria, cuando me doy cuenta de que pisé un miguelito. 

La prudencia indica que debo seguir y alejarme lo más que pueda, porque este artefacto con clavos grandes y retorcidos para pinchar los neumáticos se usa para robar a quienes se detienen a revisar su vehículo. Tengo mieditis o miedo y sigo manejando hasta sentirme segura. Afortunadamente puedo llamar al gruero y me rescata. Al llegar a casa brindo con una copa de curasao o curazao por haber salido bien librada… el aroma a naranja que desprende este licor inunda el ambiente. Me siento en mi comadrita y respiro aliviada. Esta mecedora para mí es un tesoro, en ella mi abuela tejía sus pañitos con hilos en todas las tonalidades del arcoíris de colores.

El efecto del licuor o licor me adormece, mientras afuera, en el árbol de baría, trinan los pájaros que desde hace años anidan allí.  

Palabras en Juego les recomienda releer…

Palabras que embriagan

Historia diminuta 

Mexicanismos

Doble acentuación

Autor: Susana Harringhton

Venezolana, profesora universitaria, amante de la literatura, orgullosa de sus raíces. Agradecida por los amigos que la vida y las letras le han regalado.