Cuando la muda no es la hache

Prepara tu psique para lo que tengo preparado para el día de hoy, pero también el psoas, porque hay que trabajar cuerpo y mente. En esta ocasión nos dedicaremos a desentrañar algunos caprichos del idioma y demostrar que la hache no es la única que sabe guardar silencio.

En el mundo del español, la letra hache tiene el monopolio de la mudez. Es nuestra reina del silencio en palabras como hielo o hambre. Sin embargo, quienes nos siguen, saben que la hache no siempre fue muda: fue perdiendo la voz con el paso del tiempo, pero esa es otra historia que pueden leer aquí https://palabrasenjuego.com/la-silente-del-alfabeto/. (No recuerdo si en esa ocasión usé un pseudónimo).

Existe un club de consonantes que, al colocarse al principio de una palabra, sufren una especie de pánico escénico. Se escriben, adornan la palabra dándole un toque de erudición o exotismo, pero a la hora de pronunciarlas… desaparecen, o apenas se asoman.

Nuestro idioma está lleno de esos casos que desafían nuestra fonética natural, por lo que he reunido a varias de estas rarezas para ver cuántas logran identificar. Eso sí, les recomiendo tener preparada una mnemotecnia para memorizar cada una. También les ofreceré un mapa ptolemaico que indique el camino a seguir.

La clave de todo es lo siguiente: No nacieron en las calles de la Castilla medieval, sino que son inmigrantes lingüísticos que conservaron su «traje» original al entrar al diccionario de la lengua española.

En primer lugar están los grecismos: son los más abundantes. La “p” se rinde ante la “s” en la inmensa familia de la psicología y la psiquiatría, pero también en palabras como pseudónimo o la molesta psoriasis. Le pasa lo mismo frente a la “t” en el pterodáctilo, en la ptosis (caída de un órgano) o el ptialismo (secreción permanente y excesiva de saliva). 

La “m” enmudece en todo lo mnemónico o mnémico (perteneciente o relativo a la memoria) y la “g” hace lo propio en el gnomo o el gnosticismo. Aunque la Real Academia Española permite escribir muchas de ellas sin la consonante inicial (sicología, nemotecnia), conservarla nos conecta directamente con su origen.

Los biólogos son grandes amantes del griego clásico, de ahí que nos hayan regalado criaturas marinas impronunciables como los cnidarios (las medusas) o los ctenóforos.

A veces, el español toma palabras de idiomas cuyas reglas de pronunciación nos resultan ajenas y hace lo que puede para adaptarlas: bailamos la czarda (del húngaro csárdás), tememos al tsunami (del japonés) y honramos a pueblos antiguos como los mbayá.

Al final, estas consonantes mudas son como las cicatrices o los tatuajes de las palabras: nos cuentan la historia de los viajes que han hecho antes de llegar a nuestro idioma.


El equipo de Palabras en Juego les recomienda releer…

Juventud en progreso

Cnidario

Czarda

Autor: Mikel Anzola

Pesquisidor de datos curiosos, polígloto apasionado de los idiomas, en especial del español, y en los tiempos libres productor de radio y televisión.

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