Lexicuentos extiende su fecha límite y recibirá sus historias durante agosto de 2026. Si quieren compartir esa anécdota divertida o de gran aprendizaje frente al tablero, esa historia que da vueltas en su imaginación o esa reflexión sobre su camino en el mundo del juego de las palabras cruzadas, estamos a tiempo de recibirla en el enlace del concurso 2026.
Hoy les compartimos el último de los cuentos seleccionados de 2025: un inspirador relato de Gloria Leonor Salazar, jugadora de la Asociación Colombiana de Scrabble.
Buenas letras
En la fría y cosmopolita ciudad de Bogotá, ubicada dos mil seiscientos metros más cerca de las estrellas, acostumbramos a invitar o solemos ser convidados a tomar un cafecito en las horas de la tarde. Este espacio es el pretexto perfecto para reencontrarnos y socializar. En cierta ocasión, un grupo de amigos y yo fuimos invitados a una tertulia en un salón de onces del barrio La Candelaria, donde nos presentaron un juego llamado Scrabble, que pocas personas conocían y muchas menos lo practicaban. La idea de la reunión era difundirlo y captar jugadores. Para mí fue una cita a ciegas y encontré el “amor a primera vista”, que se ha prolongado por más de veinte años. Desde aquel momento, los amantes de las palabras nos seguimos reuniendo una vez a la semana para disfrutar de esta experiencia, siempre acompañados del reconfortante café. Al comienzo, yo practicaba sin conocer mucho el juego, y, aunque siempre he sido estudiosa y curiosa de la lengua española, por ejemplo, a través del hábito de la lectura y llenando los crucigramas del periódico o revistas sin ayudas tecnológicas, tuve la necesidad de aprender a fondo todas las instrucciones y reglas para dominar el juego, y también para poderlo enseñar de forma adecuada.
Después de algunos meses de práctica, fui a la casa de mi abuela María, mujer abierta a todo lo novedoso, buena lectora, mejor escritora y amiga de la poesía, y le hablé sobre la existencia del Scrabble. Llevé mi tablero, le expliqué lo básico para comenzar, y después de la primera partida, ella también quedó prendada. Se comprometió a aprender todo sobre este, y compartirlo con sus amigas de costurero. Mi abuela vivía cortas temporadas en la capital, pues la mayor parte del tiempo la pasaba en una hacienda cafetera llamada “Casi El Paraíso”, herencia de su amado Toñito, quien había fallecido cinco años atrás.
La finca era de recreo para la familia y parientes cercanos como yo, pero de arduo trabajo y responsabilidad para esta matrona, quien, tras la partida de Toñito, se convirtió en la jefa de los trabajadores. En ocasiones era confidente de las “chapoleras», sus historias y romances. Algunos trabajadores empacaban los bultos de café ya seco y tostado, para transportarlos en mulas por la cordillera, loma arriba y loma abajo, hasta la tienda de don Florián Valdez, en el marco de la plaza del pueblo, donde se comercializaba. La abuela era admirada por su carisma y valentía en esta labor, casi siempre desempeñada por los hombres de las familias de la región. Todo marchaba sin contratiempos, cuando una tarde lluviosa llegó una carta de su hijo Juan Andrés, quien vivía en Barcelona. En ella le pedía viajar de inmediato para ayudarle con el cuidado de los nietecitos, pues Lola “la española”, como le decían a su esposa, estaba enferma y debía ser sometida a una delicada cirugía. La abuela organizó y preparó el viaje con la tranquilidad de dejar la finca a mi cargo y también de Laureano, el mayordomo, y la ama de llaves Domitila, trabajadores de absoluta confianza.
Previamente al viaje, la abuela María había dejado un baúl lleno de regalos para los trabajadores, que, según sus instrucciones, debían entregarse un mes después de partir. El día del viaje, agradeció a todos y se marchó. Nunca perdió contacto con nosotros, y se comunicaba por teléfono o por carta para estar al tanto de lo que sucedía en el país.
Transcurridos los treinta días, repartimos los obsequios que estaban marcados con su puño y letra. Luego de abrir los paquetes, vimos en el fondo varias cajas rectangulares, que se destacaban por estar envueltas con mucho esmero y el mejor papel. El número coincidía también con la cantidad de colaboradores. Al destaparlas, fue grande la sorpresa pues contenían juegos de Scrabble en español, el mismo que la abuela María usaba para entretenerse en familia durante las visitas veraniegas. Las cajas contenían las reglas de juego, los tableros, atriles y bolsas con las fichas de letras.
Los que se interesaron practicaban en sus ratos libres y al mismo tiempo disfrutaban de la amistad, el aprendizaje, la camaradería, las charlas, las ocurrencias disparatadas e inventos de palabras, pero, sobre todo, gozaban sanamente con los triunfos en las partidas, aceptando las derrotas con resignación y respeto. También mejoró la comunicación y la confianza.
Mario y Laura, dos trabajadores, eran los más destacados y fueron elegidos por sus compañeros como “monitores”. Por su cuenta aprendieron las reglas, y al igual que muchos de nosotros, superaron las dificultades para lograr armar los “Scrabbles», anagramar, hacer paralelas, colgarse de las palabras con agilidad, distinguir y evitar los famosos enclíticos. Se enamoraron tanto del juego, que, con mi amada abuela, aunque se estableció en España, decidimos apoyarlos económicamente para que se prepararan con más disciplina, compitiendo, consultando la validez de las palabras en el diccionario de la Real Academia Española, y posteriormente, las demás ayudas tecnológicas. Poco a poco perdieron la timidez, se empoderaron de sus habilidades y participaron en encuentros locales, regionales y nacionales. Luego de tres años de entrenamiento, consiguieron ser campeones de las competencias nacionales, a nivel Latinoamérica, y finalmente logramos que representaran a Colombia en el campeonato mundial de Scrabble en Madrid, España. Tuve la fortuna de ser su acompañante y guía, pues era su primer viaje en avión y fuera del país.
Después de días de batallas intelectuales contra los máximos representantes del Scrabble en español, Mario y Laura se coronaron campeones del mundo en esta disciplina.
La mayor sorpresa fue al momento de recibir los premios, cuando subieron al podio y vieron a mi abuela quien, feliz, les entregó los trofeos. Los asistentes al evento no pudieron contener las lágrimas, cuando se enteraron del origen de Mario y Laura, y que mi abuela, la mujer que con su paso lento los condecoraba esa noche, había sido la impulsora del talento de estas dos personas.
Las palabras finales del discurso fueron: “Muchas gracias y buenas letras”.




























