Piratas

A lo largo de la historia, los piratas han despertado el interés de escritores, pintores, cineastas, quienes se han dedicado a recrear sus aventuras. Como ejemplo tenemos la famosa saga “Piratas del Caribe”. Asimismo, en  “Cien años de soledad”, el narrador nos cuenta que cuando el pirata inglés Sir Francis Drake asaltó Riohacha en el siglo XVI, la bisabuela de Úrsula Iguarán, presa de los nervios por el toque de alarma de las campanas y el estruendo de los cañones, se sentó en un fogón encendido. Desde allí quedó convertida en una esposa inútil. Nunca volvió a tener vida social, obsesionada de que su cuerpo desprendía un olor a chamusquina. De noche tenía pesadillas donde los ingleses entraban por la ventana con sus perros de asalto y la sometían a vergonzosos tormentos. Para calmar sus terrores, el esposo la alejó del mar y se instalaron en la sierra, donde vivía un cultivador de tabaco llamado José Arcadio Buendía con quien la familia emparentó. He allí el germen de la estirpe.

Desde este relato ficcional, de Gabriel García Márquez, nos dedicaremos a incursionar en las correrías de los piratas, llamados también corsarios, pechelingues, filibusteros y bucaneros, insaciables saqueadores de riquezas en embarcaciones y poblaciones costeras. En el imaginario popular, se representan como seres barbados con un parche en el ojo, una pata de palo y un loro en el hombro, poseedores de un aura de espanto y una mirada que atemoriza a niños y adultos.

El mundo pirático o piratesco es diverso, si bien pirata,  en su acepción general, es una persona que se dedica al abordaje de barcos en el mar para robar, corsario viene del derecho de corso otorgado por un gobierno a particulares para atacar naves enemigas, siguiendo las leyes de guerra. Los corsarios como Drake, John Hawkins o Sir Walter Raleigh  (llamado en español Guatarral) no tenían límites en ejecutar acciones sanguinarias para apoderarse del botín. Con el tiempo, patente de corso pasó a significar “derecho que alguien se atribuye para hacer o decir lo que le viene en gana”. 

Generalmente, las naves piratas tenían una bandera negra con una calavera blanca y dos tibias en forma de cruz o dos espadas. Podían ser: galeazas, pinazas, balandras, bergantines, goletas o fustas, veloces y dispuestas para el asalto a los lentos galeones, especialmente los españoles, cargados de metales preciosos y otras mercaderías obtenidas de sus colonias ultramarinas en América. Para recuperar los tesoros de un galeón hundido era necesario raquear, que significa buscar restos de naufragios, usando un raque, especie de rastrillo para recoger objetos en el fondo del mar producto de un hundimiento, o de la acción deliberada de arrojar al agua parte de la carga para aligerar el peso, llamada echazón.

El verbo piratear ha cobrado otros matices.  Los piratas del siglo XXI navegan en el ciberespacio,  son  hackers y crackers,  y el botín puede surgir de implantar virus maliciosos, apropiarse de softwares, videos, películas y más. También viajan por carretera y secuestran aviones para obligar al piloto a desviar el rumbo de la aeronave.

Autor: Susana Harringhton

Venezolana, profesora universitaria, amante de la literatura, orgullosa de sus raíces. Agradecida por los amigos que la vida y las letras le han regalado.

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