Mariana Ayala, jugadora radicada en Chile, nos comparte a través de Lexicuentos un bello relato de la complicidad que se crea en torno al juego de las palabras cruzadas. ¡Gracias, Mariana!
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Cuando era niña, mi papá nos compraba todos los juegos clásicos: ajedrez, ludo (parchís), damas y obviamente Scrabble. Aunque el Scrabble no era precisamente el más popular, aparecía eventualmente en la mesa. Con el tiempo fui creciendo, entré a la universidad y los juegos se fueron quedando en un rincón por varios años. Hasta que llegó la crisis eléctrica a Venezuela.
Pasábamos tanto tiempo sin luz que comenzamos a desempolvar los antiguos juegos. Se convirtió en parte de nuestra rutina diaria: se iba la luz y, automáticamente, mi mamá y yo nos poníamos a jugar Scrabble para pasar el rato hasta que volviera. No era necesario preguntar ni acordar un horario, la falta de electricidad era nuestra “Scrabbleseñal”.
Irónicamente, los días con electricidad eran más difíciles para jugar. No había una excusa. Yo intentaba trabajar en mi tesis de pregrado, con el tiempo contado, tratando de aprovechar al máximo las horas con electricidad. Pero mi mamá casi siempre abría la puerta de mi habitación, asomando su “carita de Scrabble”… y no hacía falta que hablara, ya sabía que venía a preguntarme: “¿Estás muy ocupada como para jugar una partida?”.
Nunca jugamos de manera “competitiva”, no sabíamos que se jugaba con tiempo ni de la existencia de una aplicación para revisar la validez de las palabras, pero siempre teníamos un diccionario cerca o Google. Mi mamá es fan del crucigrama: me jugaba palabras que no conocía y, obviamente, yo reclamaba. Siempre me bajaba “coz”, debí protestar por “coz” como veinte veces antes de aprendérmela, y mi mamá siempre me contestaba lo mismo: “¿otra vez, hija? De toda la vida: coz, patada violenta del caballo”. Me daba una rabia… pero también mucha risa.
Extraño mucho esa época. En el 2020 migré a otro país y me traje en la maleta un Scrabble viejito, el de la infancia, con la caja remendada pero, increíblemente, con las fichas completas. Tres semanas después de migrar empezó la pandemia. Jugábamos por Scrabble GO, pero no era lo mismo. Supongo que, como todos… extrañaba sentir la emoción de jugar en el tablero.
Entonces, busqué en Instagram al grupo de Scrabble del país donde ahora vivo. En el 2022, ya finalizando la pandemia, me invitaron por primera vez a participar en un torneo oficial. Sentía una mezcla de emoción y susto por todas esas reglas, tiempo, anotación, penalización… ¡que miedo! ¡Nunca había jugado así! Pero igual fui porque pensé que podía ser divertido estar jugando durante todo el día. Desde esa vez, no me pierdo un torneo.
Una vez al año, regreso a Venezuela a ver a mi familia. Y sí, mientras estoy de visita, mi mamá y yo jugamos todos los días, con o sin “scrabbleseñal”, incluso el día que tengo mi vuelo de regreso. Ella aún no se anima a jugar con todo el reglamento del Scrabble competitivo pero, no se confundan, esto no significa que le da lo mismo perder: llevamos muy bien la cuenta de cuántas veces ha ganado cada una y, de vez en cuando, recibo una patada del caballo, pero ya no protesto.
Lexicuentos es una iniciativa de Palabras en Juego para fomentar la escritura de historias en torno al juego de las palabras cruzadas.
Palabras en Juego les invita a releer otras historias de Lexicuentos.


























